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María Laura Días: Siempre se puede renacer…

Publicado: por en la edición 659, Interés General 12 Comentarios

maria_laura_dias_1Cuando la vida cambia en un segundo a causa de un ACV, todo parece desmoronarse. Luego hay que reconstruir, de a poco, el cuerpo y el alma.

Su gran sonrisa deja ver lo que guarda su corazón: una mujer franca, cálida, con entereza; a pesar de que su vida cambió en forma radical hace cinco años, cuando un Accidente Cerebro Vascular la sorprendió en su segundo hogar: el aula.

María Laura Días tiene 33 años, es profesora de EGB I y EGB II (Nivel Primario) y nació para enseñar: «Soy docente por elección, convicción, vocación y perdidamente enamorada de esa tarea. Trabajé desde pequeña porque mi padre murió de un derrame cerebral a los 45 años, cuando yo tenía 8. Lo considero como una forma de bienestar social, y ni hablar cuando uno hace lo que le apasiona».

En septiembre del 2011, a punto de cumplir 29 años, sufrió un ACV hemorrágico, «dando clases en el sexto grado de una institución educativa donde era titular desde el momento en que me recibí, a los 22 años.

«Recuerdo que tuve un intenso dolor de cabeza, diferente a cualquier otro, visión borrosa, dificultad para hablar, confusión mental, vómitos. Después me enteré que eran síntomas propios de esta afección.

«En una primera instancia fui diagnosticada de estrés por el paramédico que me atendió y me mandó a mi casa. Como no mejoraba, con mi marido Gabriel fuimos de la escuela al consultorio de mi médico de cabecera.

«Fue él quien primero intuyó mi problema y me derivó de urgencia al Hospital Sayago, donde fui muy bien atendida y bastante observada por la evolución de los síntomas. Como teníamos obra social, decidimos ir al Instituto Médico Cardiológico, donde fui dada de alta por migraña.

«Al seguir toda la noche con vómitos fuimos de un neurólogo de niños, lo único que encontramos en Carlos Paz, quien me mandó a hacer los estudios correspondientes, entre ellos una resonancia magnética. Es allí donde tomé consciencia de lo que me estaba pasando.

«Por mi mutual no me atendían de urgencia; entonces, con nuestros propios medios y la ayuda de familiares pudimos contactar a un excelente neurólogo y una eminencia en Neurocirugía.

«No tengo más que agradecerle a Dios porque, según todos los estudios, estaba la presunción de un sangrado, pero de milagro se hizo un tapón provisorio en un aneurisma congénito que poseía. Éste no suele durar más de 48 horas, pero en mí aguantó hasta el 3 de octubre, día en que me operaron».

UNA RECUPERACIÓN DIFÍCIL. La enfermedad de Laura es congénita, su padre y su abuela fallecieron de lo mismo. Más allá de esto, una realidad adversa pudo haber acelerado el proceso: «Por aquel tiempo estaba con varios trabajos, aunque había renunciado a dos porque tenía a mi pequeña Lucía de un año y cuatro meses

«Además, estábamos pasando por un momento económicamente difícil, incluso mi suegro había fallecido, producto de un cáncer, quince días antes de mi ACV. Puedo afirmar que estaba bajo un momento de estrés laboral y familiar intenso».

La recuperación fue difícil: «Más allá de mis síntomas, no tuve apoyo de la obra social, y lo económico en el proceso de rehabilitación juega un papel fundamental.

«Familias de la escuela y docentes ayudaron a que el primer tramo fuera más liviano, con gestos desinteresados y muy generosos ya que hicieron rifas, consiguieron donaciones y remedios; tuvieron actitudes de las cuales estaré eternamente agradecida.

«Mi marido, que es herrero, el primer tiempo no pudo trabajar ya que tuvo que cuidarme. Es así que con la ayuda de la gente de corazón solidario pude hacer un mes de rehabilitación intensiva en Tanti, y luego tres meses más en Córdoba. Hasta allí pude costear mi neurorehabilitación, la cual debía ser permanente. Luego de haber ganado un juicio por recurso de amparo con la obra social, en enero de 2013 retomé hasta hace unos meses».

VOLVER A EMPEZAR NO SIENDO LA MISMA. Hoy Lucía tiene 5 años, y luego del ACV se inició una etapa de crecimiento para las dos, una natural para un bebé de 16 meses y un recomenzar para Laura: «El gran abanderado de esta situación fue mi esposo porque después del accidente tuve que reaprender hábitos, tareas del hogar, aprender a convivir con un lado más débil que otro, una epilepsia compleja, lentitud para hablar… pero lo más duro para mí fue la afección a nivel cognitivo y volver a utilizar mi cabeza como lo hacía antes.

«Lucia siempre fue mi gran compañera y ahora es mi ‘enfermerita’ cuando entro en alguna crisis. Siempre está atenta a lo que me pasa, y dice que quiere verme feliz. ‘Quiero ver la sonrisa que tenías en esa foto’, me pide cuando ve una fotografía previa al ACV. Le cuesta entender que use bastón cuando lo necesito…

«Sin embargo, creo que los niños tienen esa bella capacidad de no estar ‘contaminados’ con el prejuicio social adulto. He notado que ella tiene cosas ya muy naturalizadas de mi condición. Lucía es mi renacimiento, mi espíritu, y mi calma en momentos de desesperación».

OTRO MUNDO, OTRAS HISTORIAS. El haber estado en centros de rehabilitación, le permitió a Laura apreciar las diferentes manifestaciones de la vida: «Adquirir de adulto una discapacidad es complejo de aceptar; uno quiere volver a ser el de ‘antes’; pero hay un ‘ahora’ que llevar adelante.

«Conocer historias tan diversas y complejas en el sentido amplio de la palabra hace que nos enfrentemos a un espejo gigante pintado de diversos colores, pero todos maravillosos».

La rehabilitación le permitió avanzar en muchos aspectos: motrices, fonoaudiológicos. En cuanto a lo cognitivo, la evolución es más corta, por eso rehabilitarse es muy importante.

Lamentablemente, en noviembre Laura se quedó sin trabajo, y con el cambio a una nueva obra social hace cuatro meses que no se rehabilita: «Mi cuerpo lo siente, y por supuesto mi familia también».

DOCENCIA Y DESAMPARO. Para Laura, no poder ejercer la educación formal en una escuela es doloroso: «El aula para mí era ese instante tan magnifico de aprendizaje mutuo, de relaciones interpersonales, de ese encuentro tan íntimo entre el saber y el niño junto a su docente.

«El docente de alma ejerce la educación, aunque no sea formal, en cualquier espacio; por eso asisto a un centro de inclusión una vez a la semana, en donde comparto actividades recreativas con niños. Es un deber social ser inclusivos».

En la escuela dejó el aula para pasar a desempeñar tareas pasivas. Allí estuvo hasta que prescindieron de sus servicios: «Es duro quedarse sin trabajo, aunque mis médicos y el Ministerio de Educación me recomendaran las tareas pasivas como otro medio más de recuperación. Pero no todos quieren tener a una persona discapacitada en su trabajo o empresa. Esto me socavó profundamente, pero no pierdo las esperanzas de que todo se solucione».

A Laura le resulta difícil hablar de sueños personales en este momento: «Vuelco todas las ilusiones en mi hija, deseando en lo profundo de mi corazón que mis problemas no le afecten demasiado. En cuanto a mí, me gustaría llegar a afrontar la vida como antes o de la forma más parecida; que no me aflija tanto la exclusión, poder trabajar maria_laura_dias_2libremente y sentirme útil».

LA MÚSICA: «UN ACTO LIBERADOR». Con la música se produjo algo especial en Laura: «Canto desde los 5 años en coros y como solista. Al salir de la operación, estando aún en terapia intensiva, comenzó el delirio -así lo llamo yo- de escuchar música y cantarla a voz plena como siempre quise, ya que era muy introvertida.

«Soñar durante dos meses cada noche plasmar la música a través del canto, me generó alivio ante tanto dolor postraumático. Me dije que debía hacer algo con ello y comencé a cantar como solista, presentándome en algunos lugares. El cerebro es tan maravilloso que la disartria que se me puede presentar frente a muchos estímulos, a la hora de cantar desaparece. Una fonoaudióloga me dijo alguna vez que el canto va por un camino distinto.

«La música me permite transportarme hacia una realidad que excede mi cuerpo, mi mente, mis limitaciones. Es un acto liberador, un bálsamo».

Silvia Garrigós

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