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Lazos de familia: Acompañar es el objetivo

El apoyo que los seres queridos brindan a un enfermo durante el camino de la dolencia, o la recuperación, es esencial para salir adelante. Los pacientes siempre rescatan esa mano extendida, esa caricia a tiempo, esa palabra contenedora que en la mayoría de los casos hace la diferencia.

Por eso, hoy conoceremos a aquellos que están junto a los corazones de quienes sufren a causa de una situación adversa, dando fuerzas, ánimo y muchas veces deseando ocupar ese lugar para evitar la aflicción de quienes aman.

Verónica tiene cuatro hijos: Isaías, Candela, Irina y Jeremías; dos de ellos padecen enfermedades crónicas (diabetes y glaucoma) y el otro presenta las secuelas que le dejó una vacuna.

“Para atravesar esta realidad se necesita mucha contención familiar, es fundamental para sobrellevar los momentos complicados. Soy el pilar de mi familia, por lo tanto, me toca contenerlos. Cuesta, a veces se hace difícil; pero siempre se sale. Estoy convencida que con amor todo es más fácil. Somos muy unidos, siempre estamos los cinco juntos y para el otro”.

Admite que no es fácil encargarse de todo: “Hay días oscuros en que necesito que alguien esté a mi lado; casi siempre recibo esa contención de mis amigas; pero otras veces me siento muy sola.

“En varias oportunidades tuve que internarlos y hemos tenido días muy malos, de crisis extremas; pero aquí estamos, en la lucha y apoyándonos. Una persona enferma necesita comprensión, que se la entienda”.

Con respecto a la gente que la rodea, fue terminante: “Hay personas que te juzgan; pero nunca se pudieron poner en tu lugar. Critican tu accionar, tu forma de llevar lo que te toca. Gracias a Dios, hay gente muy humana que puede mirarte desde otro lado y comprender por lo que estás pasando”.

“NO FUE FÁCIL”. Cuando una familia pasa por situaciones límites, es donde se pone a prueba el amor verdadero: “La famosa frase ‘la unión hace la fuerza’ es absoluta verdad, al menos en mi caso. Con la enfermedad de mi madre no fue fácil…”, así lo expresó Mirian Tonfi, quien junto a sus hermanas Judith y Mayte estuvieron al lado de Eder hasta que falleció víctima de un gliobastoma en el cerebro.

“A favor teníamos que somos tres y vivimos todas en esta ciudad, lo demás fue acomodarnos. Mudarnos con ella, hacer turnos, aprender algo de medicina, suministrar remedios y alimentos en forma rigurosa.

No hay una regla igual para todas las familias, a nosotras nos sirvió la unión y el amor. Obvio que hubo peleas, disgustos, llanto, y esa permanente impotencia de saber que luchábamos contra lo inevitable.

“Nos turnábamos para ser el sostén una de la otra, ya que a los dolores del cuerpo los tapa el profundo dolor del alma. Creo que la fortaleza que tuvo mi madre en vida salió a la luz en nosotras en ese momento. Sin darnos cuenta íbamos haciendo el duelo y procesando la pérdida; cuando el momento llegó, todo fluyó.

“Mi madre murió tomada de la mano de sus tres hijas, en paz, como quedó el alma de cada una de nosotras. Hicimos todo lo que había que hacer, no por obligación, sino por amor, el amor de la familia, el apoyo, la comunicación, el disenso, los sentimientos a flor de piel. No hay otra manera, al menos para mí, de atravesar estos momentos”, sentenció Mirian.

“MI PAPÁ TUVO ALZHEIMER”. Hace cuatro años que la enfermedad del papá de Mariel Scaglia dio sus primeros indicios: “Mis padres vivían en otra ciudad; en los comienzos, él no recordaba dónde había puesto el peine, algo que siempre llevaba en su billetera. Luego fue todo muy vertiginoso y cuando me visitaban estaba totalmente perdido. Se levantaba de la mesa para ir al baño, y salía al patio.

“Con el tiempo tuvimos que asistirlo en todo, desde ponerle las medias, el pantalón, ayudarlo a bañarse; si bien se secaba solo, no sabía vestirse, ponerse la remera o afeitarse.

“Mis sentimientos de hija eran de una tristeza que desbordaba el alma; recuerdo meses antes de morir cortándole la carne, un hábito que había olvidado. No hablaba de nada, a veces sonreía, no conectaba con nosotros, vivía en otro mundo.

“Me encanta cantar, e interpretaba alguna canción que él me había enseñado… a veces se enganchaba y tarareaba; en ese momento, yo era feliz.

“Quizá lo más doloroso fue cuando dejó de reconocernos. Terminó siendo nada, es muy fuerte, tremendo, pero es real”.

PERDER LA MEMORIA. La mamá de Sonia Rodríguez tiene 88 años, y está en los inicios de una demencia senil; aunque el deterioro es constante: “Lo primero que detectamos fue su pérdida de memoria inmediata, ya que te puede hablar de su niñez; pero no de lo que comió hace media hora.

“Somos cinco hermanos y no todos vivimos de la misma manera esta situación; por mi parte, trato de entender y aceptar su enfermedad; lo único que me queda es ayudarla, escucharla y contestarle cuando me pregunta cincuenta veces lo mismo.

No todos somos iguales, por eso a uno de mis hermanos le ha afectado mucho la situación, le ha subido la presión por este problema. Muchas veces llega a la puerta de la casa de mi mamá; pero no se baja porque se larga a llorar de la angustia.

“La enfermedad se ha profundizado, ella está más abstraída, no le interesa lo que pasa alrededor, no interviene en conversaciones. Lo acepto y doy gracias a Dios porque físicamente está bien, no está padeciendo dolores ni postrada. Por lo menos no sufre, y eso me ayuda a sobrellevar esta difícil situación”.

LA FAMILIA DE QUIEN PADECE. La licenciada en Psicología Roxana Gras brindó su punto de vista terapéutico: “La ansiedad que atraviesa a todo sujeto que padece, ya sea un diagnóstico de gravedad, secuelas de algún accidente… también afecta a su familia.

“Los sistemas de salud, en general, ponen el foco en el paciente; pero ¿qué sucede con su familia? La noticia que irrumpe, ¿cómo es metabolizada por ésta?

“Estos interrogantes invitan a pensar en un abordaje familiar que alivie, o al menos consuele; que informe sobre el proceso de enfermedad o recuperación, que instruya sobre los cuidados o situaciones críticas.

“Es necesaria una intervención integral para que el impacto de la enfermedad pueda ser soportado por las familias, y así evitar el desborde y descontrol. Es necesario que el equipo de salud proporcione orientación psicológica y médica, que se establezca como soporte emocional del enfermo y su familia, y ayude a transitar el doloroso camino.

“En tanto, la familia debe tomar una actitud adecuada para aliviar y aliviarse. Algunas pautas saludables podrían ser: informarse sobre los procesos de la enfermedad/recuperación, determinar quién o quiénes están más aptos para llevar el peso de la atención; para ello la familia debe organizarse y detectar los atributos particulares de cada uno.

“Por último les recomiendo pedir ayuda si se sienten desbordados, decir ‘no puedo con esto’ y delegar. Asimismo, debe fluir la comunicación con el enfermo, seguir interactuando con él como siempre, permitiéndole seguir siendo sujeto”.

Silvia Garrigós

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