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Edición 518

La discriminación del paciente psiquiátrico crónico

En estos tiempos preocupa y alarma el escenario económico, político y social, que se encuentra en un proceso de desintegración y pérdida de confianza en las instituciones garantes de los derechos sociales. Este contexto incide, en general, en los comportamientos y relaciones sociales de los sujetos, generando situaciones de incertidumbre, fragilización, crisis familiares, ruptura del entramado social, aislamiento y exclusión.

El ámbito social se caracteriza por hechos, procesos y relaciones que priorizan la competencia, el individualismo, el éxito y el prestigio. Es allí donde desarrolla su devenir cotidiano quien padece una enfermedad mental crónica, donde se desdibuja la pertenencia que da sentido al lugar que ocupa, se genera la pérdida de su identidad y la libertad se transforma en desamparo.

Una actitud muy difundida en la sociedad es estigmatizar irreflexivamente como patológico todo cuanto es distinto de lo propio y que parece, a simple vista, incomprensible. También es habitual que se piense que quien ha sufrido un desorden mental «no sirve para nada», «no produce», resultando «una carga» para la humanidad, es imprevisible y desordenado, provoca conflictos en los vínculos interpersonales y está asociado con la delincuencia.

En psiquiatría, al establecer el vínculo médico-paciente, es fundamental que el eje operativo lo constituya el paciente y sus circunstancias, porque el sentirse enfermo, como el sentirse sano, comienzan como experiencias privadas, no necesariamente conocidas por los demás.

Esa persona con la que interactuamos debe ser considerada como un sujeto bio-psico-socio-cultural, que vive en su particular mundo, con las limitaciones generadas por su deterioro psicofisiológico, influenciado por el estigma que genera la enfermedad mental en nuestra cultura. Generalmente son considerados débiles, peligrosos y responsables de su padecer.

Cuando se habla de discapacidad, lo primero en lo que habitualmente se piensa, es en el discapacitado motor y en las modificaciones de su ambiente físico que favorezcan su integración social. En el caso de quienes padecen una patología mental, es imprescindible considerar el contexto social en el que la persona está inmersa, este ambiente está expuesto a continuos cambios, a diferencia del ambiente físico, que es más estable.

El ámbito familiar y social en donde se ha desarrollado la persona, en donde se producen las interacciones sociales y los aprendizajes, se reflejará en su comportamiento y en su relación con la enfermedad. La integración que logre creará en el individuo un nivel básico de confianza en sí mismo y, a su vez, la posibilidad de mantenerse estabilizado, generará una mayor aceptación por parte de la familia.

En el caso de patologías psiquiátricas crónicas, el paciente se encuentra con una marcada pasividad y frecuentemente ese abandono privado y social no es considerado como parte de la patología, sino como desidia o vagancia. Esto agrava las características de los vínculos que establecen, algunos deteriorados.

Es importante procurar que el entorno del paciente aumente su capacidad de aceptación ante los cambios que éste va presentando. Su propia aceptación es lenta, suele pasar mucho tiempo hasta que los cambios son valorados.

Hay que considerar, por una parte, el temor que el sujeto experimenta a tener una nueva descompensación por sus experiencias previas, este miedo es superior en el que ha pasado por ellas.

El tratamiento deberá dirigirse a que aprenda a convivir con la enfermedad y evitar que el temor que le genera le impida un manejo apropiado. El otro tema a abordar es cómo lograr que la sociedad deje de temer a las personas que padecen una enfermedad mental. Esto se verá favorecido por el conocimiento y la difusión de los distintos aspectos de la salud mental, el reconocimiento y prevención de factores de riesgo, como así también la intervención profesional a tiempo.

Quien acompaña al paciente cotidianamente, deberá evitar la proyección del temor ante la enfermedad mental como medio defensivo, también mezclado con sentimientos de culpa. La tendencia es ocultar a quien sufre una patología mental o que en su entorno se escuche: «Este tipo de enfermedades se cura con fuerza de voluntad», logrando que no se produzca la intervención profesional y el consecuente progreso de la patología.

El vínculo terapéutico médico-paciente, basado en la confianza, es de fundamental importancia. Estas personas suelen ser desconfiadas, suspicaces y reticentes al tratamiento. La confianza es lo que posibilitará que se atreva a ponerle palabras a lo que le sucede, comenzando un camino que, a través de la intervención médica, facilite el desarrollo personal y evite los sentimientos de minusvalía y aislamiento social.

Quien se siente afectado por algo que muchas veces no puede entender o explicar, sufre el vacío, el terror de un horizonte que amenaza, la desconfianza en el otro, el no poder pensar y pensarse, la relación con la exterioridad de sí mismo, todo lo que en la construcción del vínculo implicarán barreras a franquear, un permitirse mirar al otro, operar junto al otro, en un espacio propio y a la vez mutuo.

El reconocimiento de los derechos de los pacientes debe comprenderse como parte del discurso ético-jurídico, en relación con las personas que se hallan más expuestas en razón de su enfermedad o discapacidad, circunstancias que se agravan cuando a la dolencia se le agregan la pobreza y la marginalidad.

El posmodernismo no los incluye, el pluralismo se vuelve eufemístico cuando se trata de proteger sus derechos. El hombre vale por su rendimiento, el potencial residual del paciente crónico se descalifica, la conflictiva familiar, las exigencias cotidianas limitan las posibilidades de ocuparse de ellos.

La exclusión aparece como una salida y muchas veces el Derecho consolida la minusvalía, la autoprotección se cumple con el desamparo de aquellos de los cuales queremos distinguirnos. Resulta tranquilizante integrar el segmento de «los portadores de salud mental».

Quienes padecen un trastorno mental crónico sufren el desprecio, la indefensión y la discriminación, pero así también su familia está afectada por factores internos y externos, que se deben tener en cuenta para encarar un proceso terapéutico integrador.

El rol de quienes estamos involucrados en estos procesos deberá favorecer la equidad, la solidaridad y la dignidad, como valores superiores y esenciales.

Dr. Jorge Oscar Rosa

Jefe de Servicio de Salud Mental Hospital Gumersindo Sayago

Supervisor del Servicio Agudos Varones Hospital Colonia Santa María


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