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El cielo es el límite: Todos somos diferentes

Hace unos días, Bruno comenzó tercer grado con las mismas ilusiones que sus compañeros; como ellos, preparó junto a su mamá la mochila, seleccionó los útiles, se probó el uniforme, se despidió de las vacaciones y le contó a su “seño” cuánto se divirtió en el verano. Obviamente, sus vivencias no fueron las mismas que las de sus compañeros. Esto no es producto de su Síndrome de Down, sino responde a la regla básica de la humanidad: todos somos diferentes.
Hoy Bruno encontró su escuela, aquella que lo contiene y le ayuda a crecer; pero el camino se tornó -por momentos- difícil. Todo significa aprendizaje, hasta lo más complicado, y lo que transforma siempre fortalece.

INTUICIÓN DE MADRE. Lucía Torres quedó embarazada de Bruno cuando tenía 39 años; habían transcurrido 15 del nacimiento de su primer hijo: “Fue relativamente normal; aunque percibía que algo raro había porque no lograba entablar una conexión con el bebé como me había pasado en el embarazo anterior. Decidimos hacer una serie de estudios, como ecografías 4D; pero el resultado fue que el bebé venía bien y estaba todo normal.
“Bruno no tiene el típico pliegue nucal de los niños Down, sus miembros no son más cortos, todo lo que se veía en la ecografía era compatible con un bebé normal. Tanto el pediatra como el obstetra, que fueron los mismos que recibieron a mi hijo mayor, no notaron ningún problema en Bruno. Sin embargo, yo seguía insistiendo que había algo que a mí no me cerraba”.

-¿Qué pasó cuando nació?
“Bruno nació con 3,100 kilos y 51 centímetros de largo, igual que su hermano. Al principio me sentí muy mal, nadie entendía que yo no lograba conectarme con el bebé y me mandaban a hacer terapia. Al mes de nacido, había bajado de peso y todo el tiempo hacía un movimiento particular con la lengua hacia afuera.
“Un día me cansé y decidí llevarlo a Córdoba; en la guardia del Sanatorio Allende una doctora nos dijo que Bruno tenía características compatibles con Síndrome de Down. A todo esto, el nene ya tenía cuarenta días”.

-¿Cuál fue tu reacción?
“No me sorprendió, porque sabía que algo estaba pasando. Recuerdo que era sábado, y cuando volvimos buscamos al doctor Leopoldo Conde, quien nos atendió de manera maravillosa. Le hizo un electrocardiograma que salió muy bien, y nos derivó al Hospital Privado para controlar la parte funcional.
“Allí visitamos a un cardiólogo pediatra que corroboró que su corazón estaba sano, y una vez que escuchamos eso, todo lo demás pasó a segundo plano”.

“EL SÍNDROME DE DOWN QUEDA EN LA PUERTA”. También conocieron a un psiquiatra que no solo les ayudó mucho en este camino, sino que les dio una enseñanza de vida que los papás de Bruno nunca olvidarán: “Él nos dijo, ‘el Síndrome de Down queda en la puerta; nos vamos a ocupar de Bruno. Cada uno es un ser diferente con sus particularidades y no vamos a generalizar, etiquetar o hacer nada que sea convencional; haremos todo a partir de Bruno’.
“Eso me abrió la cabeza de una forma explosiva. Él fue el primero que nos guio en todos los pasos con Bruno, tomando lo que nos tocaba con total normalidad”.

-¿Cómo fue el contacto con la sociedad?
“No tuvimos problemas hasta que fue a una guardería común. Siempre llegaba a casa con moretones, rasguños, las marcas típicas de los chicos en el jardín. Nunca reclamé porque entendía la situación, hasta que nos llegó una nota diciéndonos que lo teníamos que pasar al otro turno porque había mordido a un nene, y la familia de este chiquito le dio a elegir al jardín entre Bruno y su hijo. Ahí nos dimos cuenta que ese jardín o las personas adultas a cargo, no estaban preparados para él”.

“ÉSTA ES LA ESCUELA PARA BRUNO”. Después, peregrinaron por algunos otros colegios, públicos y privados; pero no consiguieron que el niño continuara su escolaridad en ellos. Sin embargo, decidieron no bajar los brazos hasta que dieron con un colegio a la medida de Bruno. Un día, la escuela Bernabé Fernández le abrió las puertas y el corazón a este niño.
“Encontramos una directora especial que nos dijo ‘ya está, esta es la escuela para Bruno’ y no lo podía creer. Así fue que finalmente me di cuenta que todo depende de la persona que esté a cargo de la escuela, de la voluntad que tenga. Ella hizo que sus compañeros registraran a Bruno, jugaran con él y es muy emocionante ver sus logros.
“Este año está en tercer grado, y lo acompañan maestras integradoras. Estamos muy felices y él no falta nunca; le encanta hacer de todo… Bruno no le tiene miedo a nada”, sentenció Lucía.

Periodista Silvia Garrigós

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