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Día del Médico: Ciencia + humanidad

En el 2017 la Asociación Médica Mundial aprobó en Chicago una nueva versión de la Declaración de Ginebra, que pronuncian aquellos que se gradúan en medicina. La actualización supone la incorporación de dos conceptos clave, como son la autonomía del paciente y el cuidado de la salud del propio profesional.
Desde su elaboración en 1948, la Declaración se ha convertido en un documento central de ética médica y una versión moderna del Juramento Hipocrático de hace 2500 años.
En Argentina, como en muchos otros países, el 3 de diciembre se celebra el Día del Médico, en honor al cubano Carlos Juan Finlay Barrés, que descubrió que la transmisión de la fiebre amarilla era ocasionada por el mosquito Aedes Aegypti. En esta oportunidad, “El Bamba” dialogó con dos profesionales, a los cuales une una misma pasión: la medicina.

MOMENTOS MÁGICOS. Mario Bendersky tiene 68 años, se recibió en 1972; es cardiólogo, farmacólogo y docente universitario: “Elegí esta carrera porque tenía un tío que era médico y lo admiraba mucho. Ejerció en un pueblo chico, y me gustaba la actitud que tenía con la gente que atendía”. Su especialización, “fue por suerte o destino, ya que fueron surgiendo distintas posibilidades.
“La medicina está llena de premios y desastres (sic), diríamos. Que llegue al consultorio una persona enferma, y uno pueda curarlo o mejorarlo es un premio muy grande. Por otro lado, surgen enfermedades sobre las cuales no podemos hacer nada, o no sabemos cómo hacerlo, porque la medicina es una ciencia, se basa en el método científico cuyo centro es la duda. Entonces, hay muchas cosas en la salud de los seres humanos que la medicina todavía no ha podido contestar.
“De todas maneras, dado que la angustia existencial es la muerte y es una de las pocas cosas de las que estamos seguros, los momentos más lindos y los más feos son los relacionados con la vida y la muerte.
“Cuando empecé no había servicio de urgencia, me venían a buscar en medio de la noche, y no sabía con qué me iba a encontrar. Asistí muchas muertes y a veces de pacientes míos. Esos son momentos trágicos, porque al principio el médico no puede sacarse la culpa; es todo un proceso.
“Sin embargo, tenemos momentos mágicos, y el nacimiento de un bebé es uno de ellos; psicológicamente siempre me dejó muy impactado. Son situaciones antagónicas y muy, muy fuertes”.

Lleva 46 años de profesión, ¿en qué ha cambiado la medicina?
“La tecnología ha cambiado muchísimo a la medicina. No sé si los médicos estamos preparados humanísticamente para esos cambios. Por ejemplo, el concepto de la muerte, algo tan cierto, tan verídico, en la facultad no nos enseñan a superarlo fácilmente.
“En general, ahora se vive diez años más que hace treinta años. Lo que posibilita esto son los cambios tecnológicos y las nuevas drogas que -en algunos casos- han revolucionado el campo de la medicina. Durante mucho tiempo el HIV ha sido una enfermedad mortal, y hoy se ha transformado en algo crónico”.

¿La mayoría de la gente tiene acceso a la medicina o sigue siendo para un sector de la sociedad que puede pagarlo?
“Hay diferencias y diferencias; pero -de todas maneras-, cuando los fármacos se han impuesto y se sabe a ciencia cierta que realmente son útiles y salvan vidas, es muy difícil para los gobiernos, por más pobres que sean, poner trabas en la rueda para que no lleguen”.

¿Qué ha aprendido en todos estos años de experiencia?
“La importancia que tiene la psiquis en cualquier enfermedad. La mayoría de las veces que va alguien a mi consultorio, tiene una afección; pero, además, muchos tienen la necesidad de hablar y ser escuchados. Es lamentable; pero no siempre hay tiempo porque el sistema es perverso, y en ocasiones el médico tiene quince minutos para atender a cada paciente, de lo contrario no le pagan.
“Hoy aquel que trabaja en el hospital público o en las universidades no recibe nada de dinero y el asunto es que tiene que vivir. Antiguamente se los consideraba próceres, hoy son meros obreros de la salud, y ese cambio es muy importante también”.

Por último, Mario recordó una anécdota: “Siempre me llamó la atención cómo las familias reaccionaban ante la muerte de un ser querido, porque para alguien que no cree en Dios como yo, la muerte es la nada.
“Una vez asistí el fallecimiento de un hombre muy amigo mío; yo estaba impresionado, dolido, y su familia (pertenecía a una rama del catolicismo denominado carismática) tomó este asunto como el paso a un más allá mejor. Ellos me contuvieron, cuando debería haber sido al revés. La fe es algo fantástico, cuando existe”.

¿Qué piensa de su propia muerte?
“Le tengo mucho miedo. Le tengo miedo a la nada”.

“LA SALUD ES UN ARTE”. Martín Giacchino tiene 37 años, es especialista en medicina general y familiar; y ejerce desde hace nueve años: “Siempre quise ser médico: estoy convencido de que nací para esto.
“Tengo muchas expectativas con respecto al futuro; sigo creyendo que aún podemos ayudar a la gente, que la salud es un arte. Sigo creyendo en la vocación de servicio y que podemos cambiar el mundo desde la salud, no ‘curando’ gente, sino acompañando a cada uno de nuestros pacientes, amigos, familias, a transitar su vida con la mejor calidad posible”.

¿Qué opina acerca de la medicina social?
“La medicina social es un camino posible; es un camino de solidaridad y empatía con los demás. Muchos países ‘organizados´ dependen solo de la medicina social, algunos de ellos siendo grandes potencias y referentes en cuestiones de salud pública y general. La mayoría tiene sistemas organizados con médicos de familia como médicos de cabecera.
“Para generar un movimiento así en Argentina deberíamos reorganizar todo el sistema de salud, las autoridades deberían trabajar mucho al respecto. Y, sobre todo, dejar de ver en la salud un negocio rentable solo para algunos, donde el fin es el económico y no el paciente.
“La profesión me permite ser feliz con mi trabajo, poder sentirme útil. Construir con muchos de mis pacientes una relación de amistad. Me dio también la posibilidad de conocer gente y compartir muchas horas con compañeros de trabajo excelentes.
“Tengo la posibilidad de ejercer la mejor profesión del mundo; con sus altos y sus bajos, con sus alegrías y tristezas; rodeado de injusticias y muchas veces con el ‘bajar los brazos’ acechándome. Pero después recuerdo todo lo bueno que tiene mi profesión y vuelvo a ser el mismo”.
Martín no quiere dejar de agradecer “a mi familia que me aguanta desde el año en que comencé mis estudios en la UNC, luego cuando cursé mi especialidad y ahora que me apoya en cada día de trabajo y en cada loca idea que algunas veces tengo”.

Silvia Garrigós

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