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Justicia opacada

Publicado: por en la edición 740, Opinión Sin comentarios

Yo declaro que la justicia no es otra cosa que la conveniencia del más fuerte, Platón.

Ya en tiempos de la antigua Atenas, gobernantes y filósofos se ocuparon de la justicia. Organizaban una justicia de tribunales en tres estrados, las primeras son democráticas, porque todas ellas conceden la jurisdicción general a la universalidad de los ciudadanos; las segundas son oligárquicas, porque limitan la jurisdicción general a ciertas clases de ciudadanos; y las terceras, por último, son aristocráticas y republicanas, porque admiten a la vez a la generalidad y a sus minorías privilegiadas.

Hoy, y desde tiempos ha, en Argentina tenemos, al decir de Aristóteles, tribunales políticos, cuya viciosa organización puede producir tantos disturbios y revoluciones en el Estado.

Por terminado el introito, repaso las causas y efectos de nuestra opacada justicia, por obra y gracia de una sociedad que, acosada por las necesidades inmediatas, ha olvidado atender lo importante, banalizando el crimen doméstico y el organizado en asociaciones delictivas de mayor cuantía, amén de los atentados a instituciones escolares y otros.

Nuestra comunidad, en menor o mayor proporción, ha convivido con frases hechas que ayudan a debilitar nuestra voluntad para defender un Estado de Derecho con todo lo que ello implica.

Ante los desmanes diarios, al amparo de la impunidad, acuñamos frases como “y qué querés que le haga”, o “qué le vamos a hacer” y ese desmañado “y bueno”, más otras similares.

Aunque parezcan livianas, esta dejadez ayudó a posicionarnos abúlicos (por no decir corderos sumisos ante el esquilme).

Pasivos ante el despojo. Pasivos ante la corruptela. Pasivos ante contratos y/o convenios en que el país descendía en las escalas de todo lo bueno. Pasivos ante la impudicia de gobernantes y funcionarios. Pasivos ante la delincuencia en avance. Pasivos ante el narcotráfico y las consecuencias del consumo de drogas peligrosas. Pasivos ante el accionar delictivo de fuerzas de seguridad. Pasivos ante el crimen organizado como mafias. Pasivos ante el vandalismo escolar.

La lista de estos pasivos es más cruel cuando observamos que como consecuencia de tantos pasivos, se carece de agua potable, gas, cloacas, allí donde pace la pobreza infame.

Qué decir de otras carencias imprescindibles para el progreso: rutas, infraestructura sanitaria, escuelas con edificios habitables, energía, hospitales, etc.

Florecieron los subsidios y aumentaron los pobres e indigentes. Hasta la política se denigró en pos de tener poder, llegar a él por cualquier medio.

Si algo les faltaba a los tribunales laborales, era su connivencia con la impudicia sindical y abogados cuervos, acechando y/o fabricando litigios en provecho propio y envileciendo la justicia.

Asistimos a cotidianos cortes de rutas, calles y avenidas por vándalos que esconden su identidad, intereses y motivos con el uso irrestricto de máscaras, garrotes y bombas molotov. ¿Anarquía?

Otra forma de asociación ilegal son las autollamadas “barras bravas” con partida de nacimiento dada por delincuentes de la política y la dirigencial del fútbol; asociadas con dirigentes de clubes, pagándoles con entradas para su venta clandestina. En ellas está presente la droga y la mano ociosa de revienta bombos, ambas útiles a sindicalistas y políticos.

La burocrática justicia tribunalicia se opaca cada vez más al amparo de leyes proteccionistas del delincuente común y el de guantes blancos. Tanto crimen tiene un surtidor: justicia opaca.

Muchos otros países castigan y separan de la sociedad a púberes y adolescentes que delinquen; son reeducados en institutos con profesionales especializados; nosotros carecemos de estos medios porque es más fácil aplicar la ley de la puerta giratoria. Reciclamiento del delito. Mismo trato tienen los violadores, seres repugnantes e irredentos. La víctima es torturada por magistrados instruidos en normas zafaronistas: el derecho de los delincuentes.

La proliferación de los mal llamados “delitos menores” que traumatizan a toda víctima, deja secuelas síquicas difíciles de olvidar más el calvario de las amenazas de bombas que suma a la barbarie, beneficiada por la opacidad de la justicia que se hamaca en las salas de los tribunales.

Para quitarle la opacidad a la Justicia de Tribunales, habría que revisar las leyes que hacen al Derecho Penal, códigos de procedimiento, designación de jueces y fiscales que, a más de idoneidad, sean impolutos, éticos e idóneos, e instalar un severo contralor de las conductas a magistrados y sus funcionarios.

Como lógica consecuencia de esta revisión, sería del caso estatuir nuevo Código Penal y de Procedimiento, y normas que aseguren un mínimo de esperanza a todos los habitantes de la nación, de que a futuro la ley sea rigurosa. Ya lo tenían marcado a fuego en la Roma Imperial: dura es la ley; pero es la ley.

Asimismo, debe proveerse de los medios materiales para el mejor ejercicio de la tarea asignada a todo el personal adscripto a cada juzgado. Digitalizar las causas acorde a la tecnología.

Consecuente con una nueva restructuración de códigos y leyes, tener aquellas que garanticen derechos que ayuden a vivir sin angustia, sin miedo y sin rencor.

Para nivelar las pasiones, para que la igualdad dada en la Constitución sea realidad, es preciso que el resultado sea el de la educación establecida mediante leyes buenas.

Arturo Orgaz dice que la Justicia no es ningún valor ideológico, sino una educación vital.

Gustavo Roqué

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