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Editorial: Súper vergüenza

¿Falló la seguridad? ¿Falló la organización? ¿Falló la decisión de jugar la histórica final de la Copa Libertadores con público?… Fallamos nosotros: la sociedad.

Dicen que para muestra alcanza un botón, y los episodios acontecidos en torno a la “vuelta” del Boca Juniors-River Plate fueron una sucesión de ojales descosidos, propios de un país inmerso en la corrupción, la indisciplina, el fanatismo y la violencia. Coctel fatal, que excede al deporte más apasionante para los albicelestes; aunque, justamente, la vinculación con el fútbol, es otro reflejo de las patologías que nos atraviesan a nosotros, los argentinos.

Cómo se explica, si no, la repetición de un episodio que hace tres años ya tildábamos de vergonzoso y nos sonrojaba frente a los mismos titulares del mundo que el fin de semana pasado nos tildaban de inadaptados. Es que del gas pimienta en la Bombonera a los piedrazos en las afueras del Monumental, no cambió nada.

Voltaire decía que “cuando el fanatismo ha gangrenado el cerebro, la enfermedad es incurable” porque es corrosivo, enemigo de la libertad, del progreso del conocimiento y el responsable por asesinatos, genocidios, masacres, guerras, persecuciones, injusticias y violencias de todo tipo. Entonces, vale la pregunta: ¿cuál es la diferencia entre un ultra futbolero capaz de golpear a los portantes de la camiseta rival, y un musulmán que acepta convertirse en bomba humana para hacer explotar una escuela llena de niños?

Ninguna. La adhesión incondicional a una causa, sin límites ni matices, hasta el extremo de realizar cualquier tipo de acción en su favor, incluso matar o morir por ella, están presentes en ambos. Están presentes en cada uno de nosotros cuando nos aferramos a una ideología política y la defendemos al punto de fragmentar la opinión pública cual dos barrabravas enfrentadas; cuando nos embanderamos con una causa y menospreciamos la mirada del otro; cuando perdemos la comprensión de las consecuencias de nuestras acciones, allí también están presentes las aristas patológicas y extremistas de las que nos azoramos por televisión.

La globalización, los medios de comunicación masivos y el desarrollo de las redes virtuales alientan las manifestaciones fanáticas de momento que estimulan en los individuos y colectivos conductas poco autocríticas y estereotipadas, haciéndolos más manipulables, explican los profesionales.

Además, afirman que el movimiento de retirada hacia sí mismo, en un entorno que promueve el individualismo y la competencia para alcanzar el éxito, favorece la construcción de perfiles psicológicos bastantes narcisistas. Esto dificulta la posibilidad de empatizar con otros, entender sus necesidades, razones y sentimientos. Al mismo tiempo que el individuo se torna vulnerable, fácilmente se siente injuriado, indignado, resentido y, al defender una causa, descarga la ira acumulada en quien considera su opositor.

Volvemos al principio. Lo que pasó durante la previa del partido de vuelta del súper clásico es el muestrario perfecto de cómo nos percibimos, sentimos y relacionamos hoy en día: egoísta, fanática y violentamente. Así tratamos a los animales, lo advierte FUPA en esta edición de “El Bamba”; y así manipulamos el ambiente, por eso se llegan a instancias judiciales donde debería haber consenso y resguardo de la herencia a las generaciones futuras.

Y respecto de los noventa minutos que motivaron este Editorial; poco importan ya: otra vez, perdimos todos.

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